Una vez más, el campo tiene sed

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Tras la catastrófica sequía de 2017, agricultores y ganaderos vuelven a sufrir este año la falta de lluvia, que amenaza el 40% de la cosecha de cereal


Gregorio Garzón se desespera cuando ve el fruto de su trabajo de los últimos meses. “Esta es una tierra de lujo. En un año normal, coges una espiga de trigo como esta y te salen unos 25 granos. Pero mira. Aquí solo hay cinco”, dice mientras abre la palma de la mano que muestra el pobre resultado. El suelo está agrietado. Las espigas deberían ser mucho más altas. Y la cosecha, más tupida. Estamos a principios de julio y la temporada se ha echado a perder. Ya no hay nada que hacer. Garzón calcula que sus campos de secano tendrán unas pérdidas del 60%% respecto a los rendimientos de la temporada anterior. Las organizaciones agrarias y entidades aseguradoras reducen algo sus estimaciones: la falta de agua se llevará por delante un 40% de la temporada de cereal.

Estamos en Madrigal de las Altas Torres, un pueblo del norte de la provincia de Ávila cuyo merchandising publicitario destaca que aquí nació hace 568 años Isabel I de Castilla, más conocida como la Católica. Este lugar es lo que, quizás algo enfáticamente, los agricultores denominan “zona cero” de la sequía de este año. La asociación agraria Asaja calcula que la falta de lluvias supondrá para agricultores y ganaderos un coste superior a los 1.000 millones de euros, de los que en torno a 600 recaerán en Castilla y León. También están afectadas Castilla-La Mancha, Aragón, Extremadura y Andalucía. Parte de estas pérdidas se amortiguarán con las indemnizaciones del seguro agrario, que para los cereales rondarán los 100 millones de euros.

“La situación por ahora es de alerta. Si el próximo invierno también es seco, vamos a tener un problema muy grave”, asegura Fernando Miranda, secretario general de Agricultura y Alimentación. Este alto cargo del Gobierno se resiste a dar una estimación de daños. Cree que la sequía va a dejar una cosecha “mala”, pero que quedará por encima de la “catastrófica” de 2017, frente a un 2018 inusualmente bueno.

En los campos de Madrigal de las Altas Torres, muchos se preguntan si la falta de agua es un fenómeno pasajero o si deberían ir preparándose para unas nuevas —y peores— condiciones. “No sé si será el cambio climático o algo cíclico, pero es cada vez más habitual. Aquí parece que todos los años impares son malos. Menos 2015, que fue cuando me casé”, bromea Garzón. “Aunque prefiero pensar que el próximo año será bueno, porque de esta explotación viven cinco familias, y aquí me lo juego todo”, añade este agricultor de 40 años.

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